sábado, 22 de agosto de 2009

¿El Beatle Perdido?

Anoche Richard Brooks soñó que nosotros soñábamos que lo leíamos, y leíamos y leíamos, pero al acabarse las páginas nos sintió morir, así que decidió llegar hasta nuestro sueño y escribirnos un libro para que despertáramos felices, y a la mañana siguiente se sentó frente al teclado y lo tituló Éxtasis.

No es fácil parafrasear a una criatura literaria que ávidamente devora la mitología de las letras y luego la recita en parodias mordaces que entre líneas esconden mensajes universales, pero tampoco podía empezar de forma tradicional mis comentarios sobre esta nueva propuesta del autor de La Calle del Espanto y La Bitácora de la Fantasía. Éxtasis se presenta como la obra más lúdica de Brooks hasta el momento; casi puedes oír al pasar sus páginas las carcajadas del autor cada vez que escandaliza a su lector con sus hazañas trasgresoras.

Richard es un ser envidiable, pues habita una dimensión restringida para los meros mortales en donde cualquier narración escrita se hace realidad y existe en un solo tiempo: El inmediato. Desde ahí nos exhibe sin miramientos el diario de Ruby que describe las experiencias de una mujer en búsqueda de su identidad sexual, le expone al mundo los romances secretos del Cid Rodrigo Díaz de Vivar, se revela como amante y modelo para Miguel Ángel y Leonardo Da Vinci, confiesa que durante su cautiverio junto a Miguel de Cervantes Saavedra fecundó su imaginación con la imagen de cierto hidalgo, y hasta se lleva a La Muerte de juerga en busca de una amante apropiada para Joe Black. Todo lo anterior y más lo digerimos salpicado con dosis espesas de poemas sensuales y atrevidos que procuran despertar el placer sensorial en la piel del pensamiento.

Al ojo perezoso ésta parece otra de las legendarias extravagancias de Brooks, quien aparentemente se divierte retando al lector a confrontar su moral convencional con lo que pueda surgir en la siguiente página. Pero un análisis pausado revela en Éxtasis el libro más serio de Richard aún. Detrás del relajo—que de paso nos recuerda que la vida no hay que tomársela demasiado en serio—nos transmite el mensaje más puro que nos ha planteado hasta el momento. En estas páginas sin número el autor nos está hablando de la importancia y la prominencia del amor por encima de los demás aspectos de la vida, y defiende su argumento esgrimiendo todas las posibles manifestaciones y variaciones de dicho amor para demostrarnos su omnipresencia, a fin de que en nuestra propia dimensión, en donde tantas trivialidades nos dividen y nos consumen, tengamos un punto de referencia inequívoco hacia el cual orientar nuestro compás existencial.

A menudo cuando Richard nos envía mensajes utiliza la frase “a ustedes que son parte de mis afectos”, y Éxtasis finalmente nos traduce esa pluralidad inusual. El afecto no es único e inmutable sino un camaleón cuántico que asume cuantas formas sean necesarias con tal de preservar su esencia. Del cofre de legados de Richard Brooks, éste es quizás el más universal de todos.

Dos objeciones podría levantar el conocedor de Éxtasis contra mi interpretación de la obra: ¿Cómo encajan en mi teoría las reseñas literarias y los dos capítulos finales, titulados A Sangre Fría y Los Juegos de Antaño, repletos de retribuciones rabiosas como la diarrea amazónica que tanto espantó a Ernesto Endara? A ellas les respondo con sendas interrogantes: ¿No es la pasión por los libros una manifestación más del amor? Y, ¿no es el odio vengativo el hijo legítimo del amor por algo que ha sido agraviado?

Coincido con el prólogo de Ernesto Endara en que a todas luces Richard Brooks parece haber vaciado el cajón de la cómoda, pero principalmente porque ya le faltaba espacio para rellenarlo otra vez. Después de todo, cuando llegué a la última oración el cauce temático me hizo sentir que hacía falta un capítulo adicional. Y es que no me sorprendería que un día de estos salga a relucir otra aventura inédita de Richard Brooks retratando una de sus muchas noches de parranda en Liverpool en la cual, entre copa y copa, le explicaba a John, Paul, Ringo y George: “¡Todo lo que necesitas es amor!”


Agosto, 2009

Referencia Bibliográfica:
Brooks, Richard. Éxtasis. Panamá: Círculo de Lectura Guillermo Andreve, 2009.

Para Eliminar Una Anomalía

La Historia a menudo provee suficiente material para que un autor atento logre colarse en sus grietas para insertar en ellas un relato de ficción memorable, y pocos episodios del Siglo XX se prestan para calcar sobre ellos un thriller como los años inmediatamente posteriores a la revolución cubana y el impacto que tuvo sobre los Estados Unidos la implantación de un régimen socialista en su patio trasero.

A este escenario David L. Robbins inserta a su personaje el Profesor Mikhal Lammeck en la novela The Betrayal Game. Lammeck es un historiador especializado en asesinatos políticos que ha viajado a Cuba a documentar un nuevo libro que planea escribir, aunque en el fondo está intuitivamente compelido a acercarse lo más posible al escenario de lo que sospecha será un trascendental acontecimiento.

La narración empieza a mediados de Marzo de 1961, poco más de un mes antes de la famosa invasión fallida de los exiliados cubanos en Playa Girón. El inminente ataque es un secreto a voces, y Lammeck ve en Fidel Castro lo que él considera una anomalía: Un hombre que puede cambiar la Historia, y por ende sospecha que muy pronto será la víctima de un atentado. A esa misma conclusión ha llegado el Capitán Johan, integrante de la policía secreta y custodio de la seguridad del caudillo, quien se aseguró de permitir el ingreso de Mikhal a Cuba para aprovechar su profundo dominio del tema.

La presencia de Lammeck en Cuba también le resultará conveniente a Bud Calendar, a quien llegaremos a conocer como el último agente de la CIA en Cuba. Gracias a su inescrupuloso compromiso con su trabajo y su despiadada eficiencia Calendar ha sido seleccionado para eliminar a Fidel, y no escatimará esfuerzos en lograr su objetivo. Bud llegará a revelarse como el principal antagonista de la obra, pero en el camino Robbins nos presenta a través de él una caracterización interesante del agente de la Guerra Fría al encarnar la singular obsesión que la inteligencia norteamericana tenía con Castro. Calendar utilizará todos los recursos a su disposición, desde los rebeldes locales hasta los mafiosos desterrados de La Habana, y no vacilará en obligar al profesor a tomar un rol activo en su conspiración.

Mikhal no es el típico héroe cortado con la misma tijera que algunos de sus colegas ficticios como Robert Langdon o Henry Jones Jr. Mikhal se dibuja como un verdadero académico de edad media quien—aunque sus estudios sobre los asesinatos famosos convenientemente le han inculcado técnicas de defensa personal y le han permitido dominar el uso de diferentes armas—definitivamente no se inclina a la acción y, pese a demostrar un compás moral aceptable, no exhibe el típico sentido de nobleza y sacrificio de la mayoría de estos personajes, lo cual le permite deambular por áreas grises tentado por la oportunidad de ver desde la primera fila cómo se escribe la Historia que tanto le intriga. Gracias a esto acompañamos a Lammeck a reuniones de la resistencia cubana, lo vemos intermediar entre conspiradores de la CIA y fraternizar con un joven desertor estadounidense que Calendar ha traído a La Habana para explotar sus talentos como francotirador.

Lo más interesante de The Betrayal Game es que Robbins evita la tentación de zambullirse en los hechos y opta por coreografiar los actos de sus personajes en torno a ellos, de tal forma que al prescindir de la necesidad de modificar eventos reales los pone al servicio de su propia ficción, brindándole un matiz de verosimilitud mayor. Inclusive cuando el protagonista finalmente está cara a cara con el líder de la revolución la escena adquiere un sabor de exótica autenticidad. Y es admirable que, pese a respetar estrictamente su contexto histórico—lo cual fácilmente podría generar un relato predecible—el autor se las ingenia para sorprendernos a medida que las lealtades se invierten, las alianzas se disuelven y las motivaciones ocultas se revelan más complejas e inesperadas.

The Betrayal Game es uno de esos thrillers inusuales que debajo de las técnicas obligatorias esconde un estrato de información que invita a reflexiones más allá de las aventuras de sus personajes. David Robbins hace gala de sus estudios sobre la controversial isla al concluir su relato con una revelación insólita que te hará reconsiderar los eventos de sus páginas y, aún más importante, propone interrogantes provocativas acerca de la letra menuda que se pierde en los reveces de la Historia.
Agosto, 2009

Referencia Bibliográfica:
Robbins, David L. The Betrayal Game. Nueva York: Bantam Books, 2009. 419 p.

domingo, 28 de junio de 2009

En el Nombre del Padre

Al leer recientemente The Maltese Falcon de Dashiell Hammett noté algo singular en sus páginas sin lo cual no estaría escribiendo estos comentarios. Después de todo, ¿qué puede decirse de este clásico que no se haya dicho previamente en los ochenta años desde su publicación?

Dashiell Hammett, quien antes de ser escritor trabajó como detective de la famosa agencia de los Pinkertons, es recordado como el padre del género negro o, específicamente, del género detectivesco que concibió a protagonistas más realistas, divorciándolo del cozy inglés en el cual laboraba el formidable Sherlock Holmes. Su heredero literario, Raymond Chandler, afirmó acertadamente que fue Dashiell quien volvió a ubicar el homicidio en la calle y en manos de quienes realmente tenían la motivación para cometerlo.

The Maltese Falcon le presentó al mundo a Sam Spade, un investigador privado destinado a ser inmortalizado y replicado muchas veces en la ficción. La vida de Spade cambia cuando se presenta a su despacho una mujer irresistible que contrata sus servicios para un caso que resulta ser muy distinto a lo planteado. Pronto el compañero de Spade es asesinado, y el protagonista se ve envuelto en una serie de problemas de los cuales sólo con su astucia y su temple podrá librarse y develar el misterio de uno de los macguffins más famosos de la literatura.

Sam Spade, junto a otros pocos como Phillip Marlowe, llegó a ser el prototipo del detective del género negro estadounidense que autores como Hammett concibieron en respuesta al tradicional estilo británico. No hay muchos reveces en su personalidad: Spade se presenta igual de seguro desafiando a sus rivales, defendiéndose de la presión policíaca o manteniendo un amorío con la esposa de su socio. Es el arquetipo del detective hard-boiled: rudo, ingenioso e imperturbable. Las mujeres sucumben en sus brazos y los malhechores nunca logran sacarle la delantera, y en su momento no hubo actor más apto para interpretarlo en la pantalla grande que el genial Humphrey Bogart.

Lo mismo se puede decir de su elenco, desde Brigid O’Shaughnessy, la típica dama en aprietos que resulta ser un peligro, hasta Casper Gutman y los malandrines que le rodean. Aparte de la avaricia no hay mucha motivación detrás de estos personajes, y sin embargo su interacción en The Maltese Falcon sigue manteniendo su encanto a casi un siglo de su publicación.

Pero lo que más me llamó la atención es la intemporalidad de la prosa de Dashiell Hammett. Si jamás hubieras oído del autor, de Spade o del halcón maltés y leyeras este libro por primera vez, fácilmente podrías suponer que es un escritor contemporáneo escribiendo una historia de época. Recuerdo que cuando leí a James Ellroy, otro escritor que también se ha destacado en el género negro, a pesar de disfrutar su historia su prosa me pareció anticuada. El libro de Ellroy fue escrito en los ochenta y veinte años más tarde ya el estilo del género había evolucionado en contraste con el suyo. Sin embargo, el debut narrativo de Hammett data de los años veinte y se lee igual de fresco en el 2009. Quizás se deba al estilo minimalista de narrar que utilizaba Dashiell; a lo mejor de haberse ocupado más con la estética de su redacción la obra hoy en día se vería más enmarcada en su época.

Hay otro aspecto a considerar en esta reflexión. Si el estilo de Hammett mantiene su relevancia en la actualidad, ¿debemos atribuírselo únicamente a su talento para diseñar un relato tan duradero? Creaciones como las suyas han sido destiladas a través de los años en fórmulas para el uso de autores mucho menos hábiles. Este fenómeno es quizás más visible en el género negro que en otros. Entonces, no puedo evitar preguntarme: ¿Será posible que la sensación de intemporalidad a la que aludí se deba también a que con las décadas sus sucesores en el género han procurado apegarse demasiado a ese mismo estilo de narrar? Y, en el supuesto de que la respuesta sea positiva, ¿sería eso motivo de orgullo o desánimo para Dashiell, si hoy pudiera repasar el producto la corriente narrativa que contribuyó a concebir?
Junio, 2009
Referencia Bibliográfica:
Hammett, Dashiell. The Maltese Falcon. Londres: Orion Books Ltd., 2005. 213 p.

lunes, 27 de abril de 2009

El Precio de la Lealtad

Pasaron seis años para que Greg Rucka retomara las aventuras del guardaespalda Atticus Kodiak, protagonista de sus primeras cinco novelas. Luego de esta pausa en la que nos presentó a otros personajes memorables como Mim Bracca y Tara Chace, Rucka regresa a las crónicas de Kodiak con su más reciente novela Patriot Acts. Debido a que esta novela es una continuación inmediata de la entrega anterior, Critical Space, me di a la tarea de repasar aquella antes de sumergirme en la nueva obra. Lo primero que me impactó fue la manera constante y certera en la que la prosa de Greg ha evolucionado. Contrastar ambos libros me permitió observar cómo su diseño narrativo se ha vuelto más preciso, sus escenas editadas y ensambladas con una habilidad quirúrgica. Lo cual no debería sorprenderme, pues estamos hablando de un autor que ganó su primer premio literario a los diez años.

Rucka también se ha dado conocer por ser un escritor compulsivamente comprometido con el mundo emocional de sus personajes y el nivel de realidad de sus historias. En este caso esa cualidad simultáneamente es la fuente de la originalidad que hace irresistible a la novela y de la única debilidad del libro.

Patriot Acts reanuda la narración en el instante en que terminó Critical Space: Impresionada por la habilidad que Atticus demostró protegiendo a uno de sus clientes en Smoker, la asesina profesional conocida como Drama lo escogió como su guardaespaldas cuando un colega fue contratado para eliminarla. Kodiak logró su cometido, pero los peligros no concluyeron con la última página de aquella novela.

Patriot Acts básicamente lidia con las consecuencias de las decisiones que todos los personajes tomaron en la novela anterior. Sólo porque el sicario Oxford fue detenido no significa que Atticus y Alena están a salvo. Hay toda una maquinaria política y económica que los ve como un pasivo y esto los convierte en fugitivos. El guardaespaldas y la asesina se convierten en la pareja más improbable mientras se refugian con nuevas identidades. Pero su libertad fue comprada con una vida inocente que nada tenía que ver con el conflicto, y nuestros protagonistas pasan más de tres años esperando la oportunidad de hacer justicia.

Dentro de sus páginas Rucka confecciona una excelente tesis sobre quiénes son los clientes potenciales de estos supuestos asesinos profesionales y cuáles podrían ser sus motivaciones, y nos presenta una interesantísima dinámica entre la administración pública y el sector privado de Estados Unidos que parece engendrada en los titulares del mundo real. En este peligroso escenario Greg inserta a sus protagonistas y los enfrenta a un misterioso enemigo atrincherado en las más altas esferas del poder político. Curiosamente las historias de Atticus siempre han motivado a Rucka a experimentar con el diseño narrativo, y nuevamente nos encontramos en estas páginas algunas propuestas refrescantes sobre cómo manejar las transiciones sin que perjudiquen el ritmo de la historia.

Cuesta referirse a los personajes de Patriot Acts sin revelar las sorpresas que aguardan al lector en sus páginas, pero es necesario recalcar que cada una de sus personalidades está fantásticamente trazada y todas las decisiones que toman se perciben como lógicas e inevitables, no sólo para el dúo protagonista sino para todos los que se cruzan en su camino incluyendo al benefactor sorpresa que surge en el último acto de la trama. Para alguien que ha leído todos los libros de Rucka es lamentable haber esperado tantos años sin volver a ver en esta página a los personajes secundarios que solían poblar las historias de Kodiak, pero dadas las circunstancias que impactan la vida de nuestro héroe el nuevo enfoque de este libro es plenamente razonable e inevitable.

Como un lector fiel a la pluma de Greg Rucka, mi única queja es que el curso que ha tomado la vida de Atticus parece distanciarlo cada vez más de su profesión como guardaespaldas profesional, que inicialmente lo destacó como un personaje original dentro del género. Pero si evaluamos la novela de forma independiente, queda claro que Patriot Acts es todo lo que un thriller debe aspirar a ser.

Enero, 2009

Previos libros del autor:
http://lapiladelibros.blogspot.com/2007/09/bond-jane-bond.html

Referencia Bibliográfica:
Rucka, Greg. Patriot Acts. New York: Bantam Books, 2008. 392 p.

Vendetta Institucionalizada

El oficio del espionaje ha sido explorado en la literatura principalmente desde la perspectiva de las agencias estadounidenses o británicas. Pero existe otro servicio de inteligencia eficaz e implacable que ha causado conmoción en el mundo real: La Mossad israelí. Y es a esta organización a la que Daniel Silva le da protagonismo en su novela The Kill Artist.

Cuando el embajador de Israel en Francia es asesinado en un brutal atentado terrorista, el espía maestro Ari Shamron es convocado de nuevo a la acción y rápidamente detecta la mano de un viejo adversario, Tariq al-Hourani, un terrorista palestino que por un tiempo gozó de la confianza de Yasir Arafat. Shamron estima que la única represalia adecuada es la eliminación de Tariq, y para semejante tarea considera que hay un solo hombre apropiado: Gabriel Allon.

Nuestro protagonista, sin embargo, ya no quiere tener nada que ver con Ari. Allon actualmente trabaja como restaurador de obras de arte, un oficio que aprendió precisamente como cubierta cuando operaba como uno de los agentes de la Mossad que se encargaron de ejecutar a trece miembros de Septiembre Negro. Antaño fue el discípulo más destacado de Shamron, pero su relación se agrió luego de que una de sus misiones le costara su familia. Y el autor de ese atentado que devastó a Allon fue precisamente Tariq.

Tariq también es un personaje interesante, un terrorista despiadado que sin embargo exhibe una peculiar dependencia de la compañía femenina como apoyo para lograr sus atroces cometidos y protege un secreto personal que lo convierte en una amenaza más inminente de lo que sus enemigos suponen. Pero Silva no nos retrata a Tariq como un típico villano. Este palestino tiene la convicción de que lucha por el bienestar de su pueblo, y ha recurrido a medidas extremas sólo tras sentirse traicionado por Arafat. Tariq también sufrió una pérdida terrible que desea vengar: Su hermano mayor fue uno de los integrantes de Septiembre Negro que Gabriel asesinó.

En este ciclo vicioso de rencor y retribución Shamron inserta a Jacqueline Delacroix, una exitosa modelo internacional cuyos abuelos fueron ejecutados durante la ocupación de los Nazis de Francia y que ha servido como agente para la Mossad en misiones anteriores. Es reclutada nuevamente para que sirva como carnada para Yusef, el hombre que guiará a Gabriel hasta Tariq. Pero el complejo pasado entre Allon y Delacroix resucitará fantasmas que pondrán en riesgo toda la operación.

En The Kill Artist Daniel Silva nos presenta un siniestro juego de astucia en el que ambos adversarios se consideran cazadores y logra que el lector cuestione constantemente quién realmente posee la ventaja estratégica. Un pueblo que considera tener un derecho divino de venganza provee el material idea para este thriller psicológico, y Silva logra plantear los argumentos tanto de los israelíes como de los palestinos sin mermar el suspenso pausado que nos guía hasta el sorpresivo blanco que Tariq ha escogido para su ofensiva final.

En las últimas páginas nos encontramos con varios giros interesantes que le aportan un nuevo contexto al relato y apreciamos el esfuerzo de Silva por mantener un buen grado de realismo en la confrontación final. Vale mencionar que la venganza le es negada a uno de sus protagonistas en el desenlace, lo cual podría sugerir que el autor desea cuestionar su validez moral. The Kill Artist es la primera de una serie de novelas protagonizadas por Gabriel y tras haber conocido a este personaje con tantos planos psicológicos y cicatrices anímicas auguro prometedoras entregas futuras de las aventuras del héroe penante de Silva.


Enero, 2009

Referencia Bibliográfica:
Silva, Daniel. The Kill Artist. Nueva York: Signet, 2004. 501 p.

Proselitismo Apolítico

Bajo la premisa de que la novela Ensayo sobre la Lucidez de José Saramago ocurre en la misma ciudad y con algunos de los protagonistas de una de sus novelas anteriores, Ensayo sobre la Ceguera, cualquier lector esperaría un relato tan crudo y realista como fue aquella obra sobre la epidemia de ceguera.

Este nuevo ensayo se anuncia como la crisis que se da cuando los ciudadanos acuden a las urnas a rellenarlas de votos en blanco. Con tal tema anticipaba un retrato filosófico de nuestras actuales estructuras políticas, de un agudo análisis de la manipulación del poder, y de lo que un pueblo quizás podría lograr si despertara y castigara a sus gobernantes. Eso no fue lo que encontré en sus páginas.

Los primeros capítulos se prolongan excesivamente, pero surten el efecto de intrigar al lector, creando dudas sobre la dirección del relato. Eventualmente discernimos el tono casi a la altura en que el gobierno decide castigar a los electores abandonando la ciudad y dejándolos sin gobernantes y oficiales del orden. A partir de ese momento, Ensayo sobre la Lucidez se revela como lo que es: Una sátira de quienes detentan el poder político.

Si bien esto no es lo que esperaba del libro, tampoco le resta mérito, porque debajo de situaciones un tanto absurdas Saramago cuela mensajes bien claros acerca de aquellos a quienes ridiculiza. Desde la intención de tildar como epidemia la avalancha de votos blancos, el plan de equipararla con la enfermedad de la ceguera, hasta la conspiración insensata para inculpar de la subversión contra el gobierno a la mujer que no perdió la vista en aquel libro, el autor nos va transmitiendo con gran ironía la opinión que tiene de los políticos.

Como en obras previas, los protagonistas de este ensayo carecen de nombres, son identificados por el puesto social que ocupan. Pero aquí eso adquiere un valor adicional, pues subraya el hecho de que Saramago no ataca a un gobierno en particular, a una doctrina política específica, ni a una corriente histórica determinada. Su novela se universaliza; está satirizando a cualquiera que en algún momento haya ocupado un cargo público. Esto lo apreciamos notoriamente cuando coloca su lupa encima de las luchas hipócritas entre el Jefe de Estado y sus Ministros, en los eufemismos con los cuales rellena los discursos innecesarios del Presidente, en la forma en la cual lo ilógico le es requerido al comisario que envían a llevar a feliz término la conspiración.

Ensayo sobre la Ceguera no es la historia más compleja y verosímil que encontraremos, pero gracias a la experta pluma de Saramago se transforma en una fábula en donde la prosa transmite una docena de mensajes en una oración sencilla, y en la cual cada una de sus múltiples digresiones abre un espectro de posibilidades que, además de hacernos sonreír ante nuestra disparatada naturaleza, nos plantarán en el subconsciente interrogantes sobre dicha naturaleza que es muy saludable que cultivemos por mucho más que la duración de la obra.
Febrero, 2006
Referencia Bibliográfica:
Saramago, José. Ensayo sobre la Lucidez. Colombia: Algaguara, 2004. 423 p.

domingo, 1 de marzo de 2009

Réquiem para 007

En ocasión del regreso de James Bond a la pantalla grande a finales del año pasado, luego de ver a Daniel Craig paseándose por el Casco Antiguo y Avenida B decidí leer la novela Devil May Care, escrita por Sebastian Faulks en homenaje al centenario del nacimiento de Ian Fleming, creador del espía más célebre de la ficción.

De los libros del agente 007 sólo había leído Casino Royale tiempo atrás interesado en descubrir el concepto original de Fleming que Hollywood tanto había diluido hasta el lanzamiento de la película homónima. Me encontré en Devil May Care al mismo personaje de aquel libro, con unos años y unas cuantas cicatrices extra, pero con la misma voluntad para llevar su misión a feliz término.

Para quien busca una aventura de acción e intriga, Devil May Care contiene todos los elementos que uno espera de una historia de Bond: Un adversario con una deformidad física y un carácter despiadado, una trama insólita para desviar el curso de la sociedad, viajes alrededor del mundo a sus rincones más exóticos y una dama atractiva y enigmática que despierta el interés de nuestro héroe.

Lamentablemente, la novela no posee mucho más que eso. Faulks aparentemente se limitó a reproducir la fórmula de Fleming sin mucho afán de innovación. Las partes más interesantes las encontramos al comienzo, cuando nos encontramos con James en un sabático, conciliando los recuerdos de sus aventuras pasadas con la posibilidad de que ya es hora de dejar atrás el trabajo de campo y cerrar esa etapa de su vida. Éste es un Bond que se encuentra con una mujer hermosa que intenta seducirlo y decide dejarla pasar pues está perdiendo su apetito por sus antiguos juegos. Desafortunadamente este Bond desaparece tan pronto M le asigna una nueva misión; habría sido más interesante que llevara las dudas consigo a lo largo de la novela.

Otra perspectiva interesante que Faulks pudo aprovechar mucho más fue la distancia histórica que tiene con la época en la que se desarrolla la historia. Devil May Care tiene lugar en 1967, en un momento en que las relaciones entre MI6 y la CIA se han enfriado porque el Reino Unido no apoyó a Estados Unidos en Vietnam. Bond observa una sociedad cambiante en la cual las drogas se están volviendo un problema apremiante. Sus investigaciones lo llevan hasta Persia, presagiando la amenaza que Irán llegará a ser para la paz mundial. Y en el último trecho de su misión James visita por primera vez la Unión Soviética, descubriendo que el enemigo quizás no es tan fuerte como suponía.

Todos estos elementos se prestaban para una trama mucho más completa y provocativa que la escrita por Faulks. Por otro lado, considerando que los herederos de Fleming le comisionaron la confección de este libro como parte de un ejercicio publicitario que incluyó su lanzamiento a bordo del navío HMS Exeter (http://news.bbc.co.uk/1/hi/entertainment/7420894.stm) y la creación de una canción al estilo de los films por el grupo SAL (http://www.youtube.com/watch?v=tEs73nynO2o), quizás parte de sus instrucciones era no romper con ninguno de los paradigmas de la serie.

Si habrá futuras entregas en prosa del agente 007, recomiendo hacer propuestas más audaces. Por ejemplo, sería interesante ver a un Comandante Bond de avanzada edad a finales de los ochenta o los noventa, ocupando la posición de M y dirigiendo al Servicio Secreto contra las nuevas amenazas que se ciernen sobre el Siglo XX. Mientras tanto, éste podemos considerarlo como uno de los pocos casos en los que la palabra escrita ha sido superada por el cine mediante la saga que los Broccoli están construyendo en torno a Craig.

Enero, 2009

Referencia Bibliográfica:
Faulks, Sebastian. Devil May Care. Londres: Penguin Books, 2008, 295 p.