A veces un autor se propone contar una buena historia y las palabras simplemente son las herramientas para lograrlo. En otras ocasiones, además de dar forma a la narración cada oración se revela como una proeza estética digna de admiración independiente. En esta última categoría caen las obras de Arturo Pérez-Reverte, quien diseña sus párrafos con la destreza de un experto artesano gramatical.
Su más reciente novela, El Asedio, se remonta al año 1811, durante el cual un asesino despiadado recorre las calles de Cádiz depositando los cadáveres de jóvenes mujeres que ha desollado a punta de latigazos en un macabro homenaje a los sitios en los que han caído las bombas que el ejército francés dispara incesantemente hacia la ciudad rebelde.Tras la pista de este malhechor enigmático se encuentra Rogelio Tizón, un comisario cuyo carácter corrupto y violento contrastan con su indignación sincera ante los homicidios y su determinación por descubrir y detener al culpable, asesorado por su amigo y rival de ajedrez, el Profesor Hipólito Barrull, quien observa consternado cómo la obsesión del comisario crece y lo absorbe, agravándose cuando el asesino—exhibiendo aparentes dotes premonitorios—empieza a repartir sus víctimas anticipándose a la caída de las bombas.








